Keiko Fujimori asume la presidencia de Perú tras una victoria electoral ajustada del 0,2%. Su triunfo inicia un proyecto de restauración fujimorista que promete replicar el modelo de los años noventa. Con un Congreso controlado mediante ingeniería electoral, el nuevo gobierno enfrenta el reto de gobernar un país fragmentado y desilusionado ante la sombra de un pasado autoritario.
Keiko Fujimori ha alcanzado la presidencia del Perú tras una ajustada victoria en las elecciones del 25 de julio de 2026, superando al izquierdista Roberto Sánchez por apenas 49.641 votos. Este triunfo, que representa un 0,2% de diferencia, pone fin a tres derrotas consecutivas de la líder de Fuerza Popular y marca el inicio de una etapa definida como la restauración fujimorista.
La campaña de Fujimori se centró en la promesa explícita de replicar el modelo autoritario y de orden implementado por su padre en la década de los noventa. Sin embargo, a diferencia del ascenso original de Alberto Fujimori como un outsider, Keiko llega al poder respaldada por las élites económicas y mediáticas, en un contexto de profunda desilusión ciudadana y fragmentación política.
El control legislativo del fujimorismo es producto de una compleja ingeniería electoral diseñada durante el Congreso saliente. Aunque Fuerza Popular obtuvo apenas el 14,7% de los votos válidos, el sistema permitió que alcanzaran 41 escaños en la Cámara de Diputados y 22 en el Senado, convirtiendo una minoría electoral en una fuerza parlamentaria dominante que busca blindar su gestión.
Analistas advierten que esta restauración enfrenta riesgos estructurales similares a casos históricos como la restauración borbónica en España o la presidencia de Park Geun-hye en Corea del Sur. La falta de un programa que responda a los desafíos actuales, como la crisis climática y la informalidad, sugiere que la administración podría depender de redes clientelares y tácticas de cooptación para sostener su gobernabilidad.
El futuro del gobierno dependerá de su capacidad para manejar la oposición legislativa y las tensiones sociales latentes. Mientras el fujimorismo busca consolidar mayorías artificiales, la fragilidad de su legitimidad programática y la sombra de pasados escándalos de corrupción plantean un escenario de alta incertidumbre para la estabilidad democrática del país.






